Ya ni me acuerdo como conocí a Monica, creo que fue después de haber regresado de Chile, en mis épocas de marihuanero. Creo que me la presentó Stiven en una fiesta. Se nos acercó saltando de un lado a otro, mientras la música de la fiesta la electrocutaba gracias a las líneas de coca que había aspirado y la pasta de éxtasis que enloquecía su sistema nervioso. Me saludo de un beso en la boca y me dijo que bailara con ella, me ofreció una pastilla con la punta de su lengua que yo acepte con los ojos cerrados. No me acuerdo de muchos detalles aquella noche. Al otro día desperté donde Stiven, y me fui a trabajar al restaurante. Unos días después, Mónica pasó a buscarme en un carro último modelo, yo no le había dado mi dirección, ni mi teléfono, y no me importó donde los había conseguido; el carro supuestamente era de su novio, un matoncito de discoteca que lo único que le importaba era que ella vistiera con ropa de marca. Lo que el no sabía era que el dinero puede comprar muy buen sexo, pero no el corazón de una mujer. El que tu novia te la chupe mientras manejas no quiere decir que de verdad te ama.
Mónica y yo comenzamos a salir de seguido, consumíamos drogas y hacíamos el amor al aire libre, el viento congelado de esta ciudad se me clavaba como miles de agujas en las nalgas. Al terminar encendíamos un bareto y nos sentábamos en la loma a ver las luces de la ciudad, yo le ponía uno de los audífonos de mi walkman y al darle play sonaba por uno de sus oídos la voz del cantante y por el otro mi voz: Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos, y que tu blusa adora sentimientos, que respiras. Tenés que comprender, que no puse tus miedos donde están guardados y que no podré quitártelos si al hacerlo me desgarras. No quiero soñar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas sabiamente, quiero que me trates suavemente…
